La Marca Editora

Álvaro Fernández Bravo reúne los grandes "Mitos y leyendas de Sudamérica"

Por Damián Cotarelo /

A cargo del profesor e investigador argentino, Álvaro Fernández Bravo, se presentó “Mitos y leyendas de Sudamérica”, una excelente antología de mitos y leyendas sudamericanas compiladas a partir de escritos establecidos por diferentes personalidades.

La reunión de estos interesantes textos fueron extraídos de numerosos libros donde una serie de intelectuales, preocupados por esta riqueza simbólica propia de la voz popular que se transmitió de generación en generación, recuperaron fuentes orales populares, criollas, indígenas, negras y mestizas.

Entre la larga lista de autores elegidos se encuentran algunos nacionales, como el escritor y pedagogo Joaquín Víctor González (1863-1923), el historiador y diplomático Roberto Levillier (1886-1969), el etnógrafo e investigador Juan Ambrosetti (1865-1917) o el periodista Ricardo Rojas (1882-1957); mientras que del plano internacional figuran el militar y político brasileño José Viera Couto de Magalhães (1837-1898), el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos (1917-2005), el médico y antropólogo Robert Lehmann-Nitsche (1872-1938), el escritor Horacio Quiroga y el conquistador español Juan de Betanzos (1510-1576), entre otros.

Acertadamente desde la introducción, y para comenzar comprendiendo realmente a qué se los considera mitos y leyendas, el Director de New York University Buenos Aires clarifica diciendo que los mismos “son un tipo de producción simbólica común, en el sentido de que representan universos conceptuales compartidos por grupos humanos a través de la lengua. También se trata de una literatura común por que habla de situaciones cotidianas, hechos extraordinarios, heroicos o en los que sean protagonistas personajes elevados o sobresalientes”. Y concluye contando que en su lectura “puede haber dioses, reyes o fuerzas naturales portentosas pero la perspectiva de observación tiende a ser la de un individuo común, del pueblo, de los animales, de lo bajo”.

La obra publicada por La Marca Editora selecciona un conjunto representativo de aproximadamente treinta y cinco mitos y leyendas sudamericanas, comprendidas en lo que hoy constituye nuestros país y zonas aledañas y teniendo en cuenta cinco regiones geográficas bien definidas: región andina (noroeste de la Argentina, norte de Chile y Bolivia, hasta el Perú); región del Chaco (centro y noreste de la Argentina, Paraguay, este de Bolivia y Brasil, incluyendo el área tupí guaraní, hasta el Amazonas); región mediterránea argentina con epicentro en Santiago del Estero; región pampeano-patagónica (Argentina, Uruguay, Chile) y región fueguina (Argentina y Chile).

En cuanto a la aparición de los textos, y luego de clasificarlos etnolingüísticamente, Bravo decidió ordenarlos en tres grandes grupos titulados De los Pueblos Originarios; Criollas, gauchas y negras (afroamericanas); y Tradición literaria.

En el primer conjunto de relatos indígenas se pueden encontrar desde temas vinculados al origen del mundo, como en El génesis de los Apapokiva-Guaraní, de Bastos; hasta creencias capaces de explicar fenómenos biológicos como enfermedades, malformaciones u ocurrencias de la vida cotidiana, a partir de la relación humano-animal. Son ejemplos Yasy-Yateré, El pombero y El yaguareté abá, todas recogidas por Ambrosetti en su libro “Supersticiones y leyendas”, del año 1917.

“El negrito del pastoreo”, un viejo cuento uruguayo que recupera una historia popular de largo arraigo en la cultura oriental, donde se alude al mestizaje y a la posición subalterna de los negros en el mundo sudamericano; o Luz mala, Ayacuá, Añaguá y Gualicho, Mandinga y Gualicho, todos mitos relacionados a la existencia de satanás; llegan promediando el atractivo volumen.

Además pueden leerse cosmovisiones típicamente indígenas en las que los animales y humanos se transforman, ejerciendo actos malignos sobre la comunidad, tal como ocurre en Capiguara o Carpincho, El basilisco o El lobizón, un relato muy conocido que, incluso, tiene su versión europea llamada Lopu-Garou. Sobre este último, también extraído de “Supersticiones…”, el entrerriano que fuera Director del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) escribió: “Todas los viernes, a las 12 de la noche, que es cuando se produce esa transformación, sale el lobizón para dirigirse a los estercoleros y gallineros, donde come excrementos de toda clase, que constituyen su principal alimento, come también las criaturas aún no bautizadas.

En estas correrías sostiene formidables combates con los perros, que, a pesar de su destreza, nunca pueden hacerle nada, pues el lobizón los aterroriza con el ruido producido con sus grandes orejas”.

Otro de los mitos recogidos en esta gran antología que permanecieron con suma fuerza hasta nuestros días es el caso de El Gauchito Gil, que a partir de 1980 ha tenido un crecimiento sostenido en todo nuestro territorio y a su santuario en Corrientes concurren devotos de todas partes, incluyendo algunos países vecinos. Aquí el elegido para retratarlo es el periodista y docente pampeano Hugo Chumbita, a través de una nota aparecida en la revista Todo es Historia, en 1995.

Finalmente, y dentro del tercer racimo de narraciones, aparecen las que sobreviven motivos y vocabulario indígenas o criollos para ser reescritas por autores modernos. Y quizás uno de sus máximos exponentes haya sido Quiroga, el genial escritor uruguayo que vivió la mayor parte de su vida en la provincia de Misiones, donde tomó contacto con la cultura guaraní. De esta mitología se nutren muchos de sus cuentos, tal es el caso de El Yaciyateré, incluido en este trabajo de caso 200 páginas.

En tanto la historia de Irupé, una doncella bellísima que se enamoró de la luna y a instancias de Tupá fue transformada en esa flor, cuyas hojas tienen la forma de disco lunar y siempre miran hacia lo alto en procura de su amada ideal; llega de la mano del escritor y folklorista correntino Velmiro Ayala Gauna (1905-1967).

Por último, y dándole un cierre fantástico al ejemplar, se transcribe la más extensa de todas las leyendas: “Marta Riquelme”, de William Henry Hudson. Publicada en 1904 como parte del libro de cuentos “El ombú”, la misma concentra un conjunto de problemas que son perfectamente reconocibles en todos los mitos y leyendas reunidos anteriormente.

 

Un trabajo que, como resultado de un estudio muy serio, entrega la posibilidad de acceder a esta colección de textos tan representativos de las construcciones colectivas de una región muy rica en este aspecto.

 

Aquí, Autosemanario les ofrece un extracto del volumen que retrata una leyenda traducida por Juan de Betanzos, en 1551, para su libro “Suma y narración de los Incas”.

 

El mito de Wiraqocha (Leyenda Inca)

 

En los tiempos antiguos, dicen los indios ser la tierra y provincia del Perú oscura, y que en ella no había lumbre no día; que había en este tiempo cierta gente en ella, la cual gente tenía cierto señor que la mandaba y a quien ella era sujeta; del nombre de esta gente y del señor que la mandaba no se acuerdan. Y en estos tiempos que esta tierra era toda noche, dicen que salió de una laguna que es en esta tierra del Perú, en la provincia que dicen de Collasuyo, un señor que llamaron Kon Tiksi Wiraqocha; el cual dicen haber sacado consigo cierto número de gentes, del cual número no se acuerdan. Y como ese señor hubiese salido de esa laguna, fuese allí a un sitio que es junto a esa laguna, que está donde hoy día es un pueblo que llaman Tiawanako, en esta provincia ya dicha del Collao; y como allí fuese él y los suyos, luego allí en improviso dicen que hizo el sol y el dìa, y que al sol mandó que anduviese por el curso que anda; y luego dicen que hizo las estrellas y la luna. El cual Kon Tiksi Wiraqocha, dicen haber salido otra vez antes de aquella laguna, y que en esta vez primera que salió, hizo el cielo y la tierra, y que todo lo dejó oscuro; y que entonces hizo aquella gente que había en el tiempo de la oscuridad ya dicha; y que esta gente le hizo cierto deservicio a este Wiraqocha, y como de ella estuviese enojado, retornó esta vez postrera y salió como antes había hecho, y a aquella gente primera y a su señor, en castigo del enojo que le hicieron, hìzolos que se tornasen piedra luego.

Así como salió y en aquella misma hora, como ya hemos dicho, dicen que hizo el sol y día, y luna y estrellas; y que esto hecho, que en aquel asiento de Tiawanako, hizo de piedra cierta gente y a manera de dechado de la gente de después había de producir, haciéndolo en esta manera: que hizo de piedra cierto número de gente y un principal que la gobernaba y señoreaba y muchas mujeres preñadas y otras paridas y que los niños tenían en cunas, según su uso; todo lo cual así hecho de piedra, que lo apartaba a cierta parte; y que él luego hizo otra provincia allí en tiawanako, formándolos de piedras en la manera ya dicha, y como los hubiese acabado de hacer, mandó a toda su gente que partiesen todos lo que él allí consigo tenía, dejando sólo dos en su compañía, a los cuales dijo que mirasen aquellos bultos y los nombres que les había dado a cada género de ellos, señalándoles y diciéndoles: “estos se llamarán los tales y saldrán de tal fuente, en tal provincia, y poblarán en ella, y allí serán aumentados; y estos saldrán de tal cueva, y se nombrarán los fulanos, y poblarán en tal parte; y allí como yo aquí los tengo pintados y hechos de piedra, así han de salir de las fuentes y ríos, cuevas y cerros, en las provincias que así os he dicho y nombrado; iréis luego todos vosotros por esta parte (señalándoles hacia donde sale el sol), dividiéndoles a cada uno por sí y señalándoles el derecho que deban de llevar”.

Y así partieron estos wiraqochas que habéis oído, los cuales iban por las provincias que les había dicho Wiraqocha, llamando en cada provincia, así como llegaban, cada uno de ellos, por la parte que iban a la tal provincia, a los que el Wiraqocha en Tiawanako les enseñó de piedra y que en la tal provincia habían de salir, poniéndose cada uno de estos wiraqochas allí junto al sitio donde les era dicho que la tal gente allí había de salir; y siendo así, allí este wiraqocha decía en alta voz: “Fulano, salid y poblad esta tierra que está desierta, porque así lo mandó el Kon Tiksi Wiraqocha, que hizo el mundo”. Y como estos así lo llamasen, luego salían las tales gentes de aquellas partes y lugares que así les era dicho por el Wiraqocha. Y así dicen que iban estos llamados y sacando a las gentes de las cuevas, ríos y fuentes y altas sierras, y poblado la tierra hacia la parte donde el sol sale.

Y como el Kon Tiksi Wiraqocha hubiese ya despachado esto, he ido en la manera ya dicha, dicen que a los dos que allí quedaron con él en el pueblo de Tiawanako los envió asimismo a que llamasen y sacasen a las gentes en las maneras que ya habéis oído, dividiendo estos dos en esta manera: envió el uno por la parte y provincia de Condesuyo, que es, estando en este Tiawanako las espaldas donde el sol sale, a la mano izquierda, para que asimismo fuesen hacer lo que había ido los primeros, y que así mismo llamasen a los indios y naturales de la provincia de Condesuyo; y que lo mismo envió el otro por la parte y provincia de Andesuyo, que es la mano derecha, puesto en la manera dicha, las espaldas hacia donde el sol sale.

Y estos dos así despachados, dicen que el Wiraqocha partió por la derecha hacia el Cuzco, que es por el medio de estas dos provincias, viniendo por el camino real que va por la sierra hacia Cajamarca; por el cual camino iba él asimismo llamando y sacando a las gentes en la manera que habéis oído. Y como llegase a una provincia que dicen Cacha, que es de indios Canas, la cual está dieciocho leguas de la ciudad de Cuzco, este Wiraqocha, como hubiese allí llamado a estos indios Canas, que, luego como salieron, salieron armados, y como viesen al Wiraqocha, no conociéndolo, dicen que se venían a él con sus armas todos juntos a matarle; y que él, como los viese venir así, entendiendo a lo que venían, luego de improviso hizo que cayese fuego del cielo y que viniese quemando una cordillera de un cerro hacia donde los indios estaban.  Y como los indios viesen el fuego, tuvieron temor de ser quemados y arrojaron las armas en tierra, y se fueron derecho al Wiraqocha, y como llegasen a él, se echaron por tierra todos; el cual, como así los viese, tomó una vara en las manos y fue donde el fuego estaba, y dio a él dos o tres varazos y luego fue apagado. Y todo esto hecho, dijo a los indios cómo él era su hacedor; y luego los indios Canas hicieron en el lugar donde él se puso, para que el fuego cayese del cielo y de allí partió a matarles, una suntuosa huaca, que quiere decir adoratorio o ídolo, en la cual huaca ofrecieron mucha cantidad de oro y plata estos y sus descendientes, en la cual huaca pusieron un bulto de piedra esculpido en una piedra grande de casi cinco varas de largo y de ancho una vara o poco menos, en memoria de este Wiraqocha y de aquello allí sucedido; por lo cual dicen estar hecha esta hueca desde su antigüedad hasta hoy. Y yo he visto el cerro quemado y las piedras de él, y la quemadura es de más de un cuarto de legua; y viendo esta admiración, llamé en este pueblo de Cacha a los indios y principales más ancianos, y preguntòles qué hubiese sido aquello de aquel cerro quemado, y ellos me dijeron esto que habéis oído. Y la huaca de este Wiraqocha está a la derecha de esta quemadura a un tiro de piedra de ella, en un llano y de la otra parte de un arroyo que está entre esta quemadura y la huaca. Muchas personas han pasado este arroyo y han visto esta huaca, porque han oído lo ya dicho a los indios, y han visto esta piedra. Preguntando a los indio qué figura tenia este Wiraqocha cuando así le vieron los antiguos, según que de ello ellos tenían noticia, dijièronme que era un hombre alto de cuerpo y que tenía una vestidura blanca que le daba hasta los pies, y que esta vestidura le traía ceñida; y que traía el cabello corto y una corona hecha en la cabeza a manera de sacerdote; y que andaba destocado; y que traía en las manos cierta cosa que a ellos les parece el día de hoy como estos breviarios que los sacerdotes traían en la mano. Y esta es la razón que yo de esto tuve, según que los indios me dijeron. Y preguntòles como se llamaba aquella persona en cuyo lugar aquella piedra era puesta, y dijeronme que se llama Kon Tiksi Wiraqocha Pachayachachiq, que quiere decir en su lengua, “Dios hacedor del mundo”.

Y volviendo a nuestra historia, dicen que después de haber hecho en esta provincia de Cacha este milagro, que pasó adelante, siempre entendiendo en su obra, como ya habéis oído, y como llegase a un sitio que ahora dicen el Tambo de Urcos, que es seis leguas de la ciudad de Cuzco, subiòse a un cerro alto y sentòse en lo más alto de él, de donde dicen que mandó que produjesen y saliesen de aquella altura los indios naturales que allí residen el día de hoy. Y porque este Wiraqocha allí se hubiese sentado, le hicieron en aquel lugar una muy rica y suntuosa huaca, en la cual huaca, porque se sentó en aquel lugar este Wiraqocha, pusieron los que la edificaron un escaño de oro fino, y el bulto que en lugar de este Wiraqocha pusieron, lo sentaron en este escaño; el cual bulto de oro fino, en el reparto del Cuzco que los cristianos hicieron cuando lo ganaron, valió dieciséis o dieciocho mil pesos. Y de allí el Wiraqocha partió y vino haciendo sus gentes, como ya habéis oído, hasta que llegó al Cuzco; donde llegado que fue, dicen que hizo un señor, al cual puso por nombre Alcaviza, y puso nombre asimismo a este sitio, donde este señor hizo, Cuzco; y dejando orden como después que él pasase produjese los orejones, partió adelante haciendo su obra. Y como llegase a la provincia de Puerto Viejo, se juntó allí con los suyos que antes de él enviaba en la manera ya dicha, y como allí se juntase, se metió por la mar junto con ellos, por donde dicen que andaba él y los suyos por el agua así como si anduviesen por tierra.