La Marca Editora

Banksy, un ladrón con bote de espray y máscara de bufón

El célebre artista, que se mantiene en el anonimato, es el más grande de los publicistas de una época que no puede ser más cínica de lo que ya lo es

Por Fernando Castro Flórez

Los buenos artistas roban. Eso lo aprendieron muchos sin necesidad de saber que era una máxima de Picasso que pretendía no copiar a los demás. El camino contemporáneo, exorcizada toda originalidad, está plagado de plagiarios, meta-irónicos, retroposmodernos, enteradillos del neoconceptual neocorporativo. Si, como resulta obvio, los creativos son la vanguardia del neoliberalismo, el marketing pseudotransgresor de ciertos «visionarios disruptivos» permite retener la mirada «zappeante» antes de recuperar la dinámica cotidiana de bostezos. Banksy & Cia. conforma uno de los sistemas de entretenimiento hiperestético más eficaces para la época de la posverdad. Cuando el radicalismo hiberna en las vitrinas museísticas, impone su lúdica ley un tipo de grafiti perfectamente perfilado y con el mismo filo crítico que las campañas publicitarias que Toscani realizara para Benetton.

En la portada de un libro sobre Banksy (traducido al español en 2017 por la editorial La Marca) se puede leer una frase que evita cualquier incertidumbre: «Usted representa una amenaza tolerable y si no fuera así ya lo sabría…» Aunque en torno a este artista no deja de agitarse la cuestión de la «identidad» (¿será el creador de esa imagen de los bobbies besándose un rapero, un gaitero gallego o un panadero vietnamita?), lo único que tiene importancia es el efecto de sonrisa de complicidad que genera en un público globalizado. Los comisarios o, mejor, los «curators» (no emplear la lengua del Imperio en cuestiones «arty» es síntoma de que toma la palabra un cateto pluscuamperfecto) no pueden confesar en público que pillan los chistes «banksyanos» y las legiones de collectors-vip-adictos-al-canapé no pueden corromper sus souvenirs de Art Basel y otros saraos feriales con la morralla callejera.

«Ocurrencias»

Banksy es un pistolero digno de un «spaghetti western» que donde pone el ojo pone la bala. Basta recordar alguna de sus piezas «icónicas»: la pareja abrazándose sin dejar de contemplar sus teléfonos móviles, el policía que cachea a la niña camino de la escuela con su tierno osito de peluche, el infante que está escribiendo con grandes letras «one nation under CCTV» para recordar la vigilancia policial que hace que todos seamos buenísimos, la relectura del «no future» punki con la letra O sostenida como un globo por una melodramática imagen de la pobreza infantil, la criada que levanta literalmente la pared para meter la porquería detrás o el pintor que da por cancelada la frase que nos invita a seguir nuestros sueños. También hay ocasiones en las que se columpia, especialmente cuando tiene «ocurrencias» que implican asuntos candentes como el drama de los refugiados (esa sandez de subastar una visión grotescamente literal de una patera en la que el «ganador» será el que sepa cuánto pesa) o la situación de los palestinos (con ese hotelito presuntamente «crítico» junto al muro que a la postre no hace otra cosa que sedimentar lo perogrullesco).

Un venerable crítico de arte dijo que Banksy «es un payaso total y lo que hace no tiene nada que ver con el arte». Por su parte, Banksy declara que el grafiti es «una de las pocas herramientas de que disponemos si no tenemos casi nada. Y, aunque no logremos con una pintura subsanar la pobreza del mundo, podemos hacer sonreír a alguien cuando está meando contra la pared». Reconocer la dimensión banal del vandalismo y tratar de escapar de la melancolía con la calavera de Yorick en la mano supone, por lo menos, un ejercicio de lucidez. Bastante indigesto es el arte político pretencioso que, a la postre, solamente sirve para alicatar los museos cripto-marxistas o empantanar la retórica académicamente «contrahegemónica».

Cuando en 2007 Sotheby's vendió una de sus obras, Banksy, aparentemente anonadado, replicó: «No puedo entender a los idiotas que compran esa mierda». Todavía más chorra ha sido el «numerito» del marco que «trituró» (parcialmente, dado que algo debe quedar para satisfacer los impulsos fetichistas y generar plusvalías) una imagen ñoña a más no poder. En cierto sentido, Banksy es el más grande de los publicistas de una época que no puede ser más cínica de lo que ya lo es. La historia ya no se repite como farsa tras la tragedia, sino que las parodias se acumulan hasta tocar el cielo sin que ningún ángel vuelva la vista atrás: el freakismo exorbitante está viralizado en un momento en el que «comerse un donut» puede parecer «traperamente» provocador. Un personaje de Banksy, vestido de impecable traje, lleva colgado un cartelón que dice que «podría trabajar para idiotas». La impecable autoconciencia que revela hace que nos caiga, no lo puedo ocultar, simpático. Afortunadamente, se mantiene «anónimo» y, tras el exitazo de su parque de atracciones en el que gozar morbosamente con la decepción, sigue okupando los muros, robándonos con astucia instantes de perplejidad, señalando, como experto en marketing, que solamente hay una salida a través de la tienda de regalos. Lo dicho: un ladrón con bote de espray en la mano y la máscara del bufón en el retrovisor.

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