La Marca Editora

El artista rebelde de los muros globales

Una muestra en Europa y un libro en la Argentina renuevan el interés por Banksy, el artista anónimo callejero y símbolo de las protestas contra los poderes instituidos. Escrito por Patricio Féminis

El 8 de septiembre, el nuevo mural de Banksy apareció en el frente de los Tribunales Reales de Justicia de Londres y escandalizó al establishment: un juez, con toga y peluca, alza un martillo sobre un manifestante, caído en el suelo, que sostiene una pancarta salpicada de sangre. Banksy, el icónico artista callejero anónimo, se atribuyó al instante la autoría en su cuenta de Instagram, pero el personal de justicia valló la pared del mural para impedir que se viera. ¿A quiénes sigue molestando la creatividad pública y política de Banksy?

El contexto fue clave: en el mismo fin de semana de septiembre, la policía de Londres había detenido a novecientas personas que protestaban por la prohibición del grupo Palestine Action, que critica la venta de armas a Israel. Y la organización Defend Our Juries, a favor de la acción pro Palestina, dijo que “la obra de Banksy en los Tribunales Reales retrata con fuerza la brutalidad ejercida por Yvette Cooper (secretaria de Estado para Relaciones Exteriores del Reino Unido) contra los manifestantes al proscribir Palestine Action. Cuando la ley se utiliza como herramienta para aplastar las libertades civiles, no extingue la disidencia: la fortalece”.

Así, la conciencia cívica y anarquista de las obras de Banksy –con pinceles o spray– escandaliza al poder mundial por su síntesis crítica, contra el capitalismo, el sistema económico, la publicidad o la policía. Pero, al mismo tiempo, sus grafitis o sus stencils generan instantánea empatía popular allí donde aparecen. La forma inquietante con que el artista se apropia de los espacios públicos es vista como un acto de libertad por los activistas globales contra las guerras, el sistema financiero, los acreedores del Tercer Mundo, los negadores del cambio climático y hasta los explotadores de animales: Banksy sabe interpretar este tiempo.

De la calle al museo a la calle

Y hoy también tiene una exposición que lo reivindica en Italia: “Banksy and Street Art”. Se inauguró el 15 de octubre en el Palazzo Sarcinelli de Conegliano, en el Veneto, y estará abierta hasta el 22 de marzo de 2026. Esta muestra refleja cómo el mercado también se apropió del arte urbano: pasó de ser visto como una forma underground, denostado por galeristas y salas, a legitimarse como un movimiento estético con sus propias reglas. La exhibición en Italia incluye a artistas callejeros prominentes pero, desde ya, en el centro está el controversial Banksy. ¿A quiénes seguirá molestando la rebeldía de sus creaciones? ¿Lo subsumirá el negocio del arte?

Es cierto que muchos murales de Banksy también se volvieron parte de un hecho comercial: al extraérselos de sus sitios originales y al circular en exposiciones activan debates –muchas veces millonarios– sobre propiedad, conservación y comercialización del arte callejero. Un ejemplo es la reciente disputa entre el marchand británico John Brandler y la empresa italiana Metamorfosi por la devolución de tres murales de Banksy, asegurados en 15 millones de libras esterlinas. Los murales son “Season’s Greetings” -en el que un niño inhala humo contaminado–, “Heart Boy” y “Computer Robot”. El desenlace aún está pendiente.

Pero la ideología provocativa del propio Banksy parece estar más allá de estas disputas mercantilistas y, cada vez que él se atribuye en Instagram la autoría de un nuevo mural o un stencil, los poderes fácticos tiemblan. Ese vigor político y rebelde es el que rescata el flamante libro Esto no es un manual de recursos para las putas agencias de publicidad, publicado por La Marca Editora. Sus 207 páginas incluyen reproducciones de inolvidables obras de Banksy junto con una serie de escritos que, se cree, le pertenecen: por su producción dispersa y anónima puede haber alguna falsa atribución en algunos de esos textos –se aclara en el prólogo–, pero ello no oblitera su aura iconoclasta y su conciencia de clase.

“El arte en el espacio público –dice el prólogo– interviene para desautomatizar, para despertar los sentidos del peatón, para romper las jerarquías ideológicas –los mensajes publicitarios, los del Estado– de los muros de nuestras calles y edificios.” Y “es con el arte como elemento crítico que Banksy abre espacios de sentido, espacios de libertad”. El libro de La Marca Editora agrupa las obras hechas en espacios públicos, las piezas realizadas en museos y en espacios cerrados, e incluye cartas de sus seguidores y detractores, con una joya: las propias respuestas de Banksy.

¿Y qué grafitis aparecen? En la página 21 de Esto no es un manual de recursos para las putas agencias de publicidad ya se reproduce un Banksy en toda su inventiva: en el mural, un hombre de traje, con un casco de obrero, enarbola una línea roja estadística como un arma frente a una serie de chicos, pintados de negro, que salen corriendo: es el poder financiero contra el pueblo. En la página siguiente se lee: “La televisión hizo que ir al teatro pareciera no tener sentido; la fotografía prácticamente mató a la pintura, pero el grafiti se mantiene gloriosamente inmaculado frente al progreso”.

El libro también registra incontables anécdotas de las pinturas e intervenciones callejeras de Banksy, con su método de trabajo “de guerrilla artística” intervencionista, sus pensamientos anticapitalistas y los sinsentidos de quienes se oponen a que él ocupe, con sus pinceles y stencils, los espacios públicos. Narra Banksy en el libro: “En 2004 pegué un cartel en el Parque St. James que decía: ‘Peligro, material radiactivo’. La policía metropolitana lo hizo ver mucho más realista cuando puso un agente en el puente cercano para decirle a la gente que no se alarme. Duró veintidós horas”.

Hasta que se desmorone el capitalismo

“Follow your dreams (sigue tus sueños)”, dice una inscripción hecha por un obrero pintado en la pared. Pero arriba tiene un letrero rojo que clausura el mensaje: “Cancelled”. Esa y otras creaciones de Banksy hacen acordar, inevitablemente, a las inscripciones políticas juveniles y obreras del Mayo Francés, en 1968. Así, este artista callejero anónimo retoma una vasta tradición de apropiaciones artísticas del espacio público en Europa y en todo el mundo. Por eso tiene resonancia en la protesta global. Así lo sintetiza Banksy: “Pintar algo que desafíe a las leyes de un país es bueno”.

En el libro Esto no es un manual de recursos para las putas agencias de publicidad se ven, además, los murales de Banksy en defensa de Palestina. Por ejemplo, hay una nena que abraza un arma nuclear caída del cielo, como si fuera un juguete o una muñeca; o una chica-ángel, con un chaleco antibalas, que sostiene una calavera en su mano. “Necesito que alguien me proteja de todas las medidas que están tomando para protegerme”, se lee en la página 100. Y, en la siguiente, un mural expone a un típico policía londinense que palpa de armas a una chica que está de espaldas: en el suelo están su osito y su mochila. Hasta los niños son sospechosos para las fuerzas represivas.

También en el libro está el famoso mural de Banksy con dos policías londinenses, besándose y abrazándose apasionadamente, y, más adelante, una frase categórica: “Las personas que madrugan provocan guerra, muerte y hambrunas”. Y en una de las obras más sintomáticas e inolvidables de Banksy, la icónica nena que lloraba desnuda en Vietnam en la foto “La niña del napalm”, de 1972, de Nick Ut, aparece agarrada de las manos por Mickey Mouse y Ronald McDonald: el consumismo infantil absorbió su dolor. Por eso en la página siguiente se lee: “McDonald’s nos está robando a nuestros hijos”.

Otros símbolos que pintó o intervino Banksy: la paloma de la paz lleva un chaleco antibalas; un trabajador municipal borra, con una hidrolimpiadora, unas pinturas rupestres; Jesucristo en la cruz, chorreando pintura, sostiene paquetes de regalos. “No podemos hacer nada para cambiar el mundo hasta que se desmorone el capitalismo –escribe Banksy–. Mientras tanto, para consolarnos, vayamos de compras”, ironiza. La rebeldía del artista callejero más famoso del mundo sigue abriendo sentidos, en múltiples colores, y jamás genera indiferencia. ¿En qué paredes reaparecerá para volver a interpelar al presente?

 

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