La psicología del kitsch, que fue analizada por el sociólogo e investigador francés Abraham Moles (Psicología del kitsch, 2025, editado en Argentina por La Marca Editora) es, a la hora de plantarnos ante la obra de Waters, la aproximación más profunda posible a por qué un joven director nacido en la meca del cine industrial eligió que la protagonista de sus films trash-punks fuera alguien de los márgenes del under que, bajo el sentido común de esos días, se “travestía”.
Divine Mildred (Harris Glenn Milstead, según su ID) fue el/la primer/a star travesti del cine. La primera que gritó fuerte que todo le importaba muy poco. Y todo era todo, muy lejos del todo y la nada, de la filosofía en torno a lo absoluto y lo relativo. Para Divine, todo era todo. A tal punto que en el film que la llevó a fama, Pink Flamingos, de 1972 —cuatro años antes de que Moles editara su primera versión de la psicología del kitsch— el punto cúlmine de su performance incluye el saborear caca de perro en una calle pública.
(al menos así lo cuenta la leyenda en torno a Pink Flamingos, su realizador y su estrella, y aquí no estamos para discutir mitos con semejante nivel de pregnancia)
Pink Flamingos
Publicada en 1976, la obra de Abraham Moles representa un esfuerzo que abarca distintas disciplinas (el autor era también ingeniero, entre otros oficios que practicaba en plan renacentista) y que combina herramientas de la psicología, la sociología, el estudio de la estética y la semiótica, para poner como foco de análisis el kitsch como sistema de signos.
John Waters, haya leído o no a Moles (según lo registrado por este escriba el cineasta nunca hizo mención a él) puso el cuerpo y el celuloide al servicio del kitsch más popular y democrático posible.
Para Moles, el kitsch (concepto que nació en Alemania a mediados del siglo XIX y que fue fundado y refundado por mentes como las de Broch, Benjamin y Adorno, entre otros) es ante todo el arte de la reproducción sin contenido profundo. Según él, la base normativa es la copia de formas y características remarcadas para apelar a una emotividad superficial, líquida, de fácil acceso.
No solo es el título del film más freak de Peter Jackson (Bad Taste, 1987); el mal gusto fue la pasta base del cine de Waters. Nacido para provocar, asustar y causar escozor desde un lugar legítimo y honesto, Waters se propuso romper cánones de buen gusto desde sus inicios. Pero la trilogía Multiple Maniacs (1970), Pink Flamingos (1972) y Desesperate Living (1977) conformó el canon más respetable de todo aquello que nadie se había animado a filmar y estrenar de forma extendida.
Así como Moles sitúa al kitsch en el centro de la sociedad de consumo masivo del siglo XX, Waters hace lo propio con el cine y, tal como en términos de sexplotation lo habían hecho en Estados Unidos Russ Meyer y en Argentina Armando Bo junto a su actriz fetiche Isabel Sarli, se hizo cargo del tema desde una intelectualidad sucia, atravesada por la necesidad de una ruptura que iba desde lo queer hasta lo mas explícitamente libertino.
John Waters era (y sigue siendo) un libertario. Uno de verdad, que hacía de la libertad un medio de lucha pero también un constante fin en sí mismo. Libertad creativa como verbo. Cualquier semejanza con el libertarismo fintech que pulula en la actualidad es mera (y trágica) polisemia.
John Waters y Divine
Qué es el kitsch según Moles
El reciente libro que recopila los trabajos de Abraham Moles en torno al kitsch linkean de forma brutal con el cine de Waters, sobre todo por las distintas subdivisiones que involucran al concepto.
Dice Moles que uno de los principios que sostienen el corpus kitsch es el principio de inadecuación, el cual se manifiesta en desajustes que aparecen en escena en cuanto a la función original de los objetos. Existe un divorcio entre los medios desplegados y los fines perseguidos que resultan en una sobrecomplejidad barroca, económica y rematadamente innecesaria. El dato clave: la ornamentación excesiva.
En este punto el cine de John Waters fue preclaro desde el inicio: no hay exceso en la construcción trash de sus películas que no esté presente. Su cine, plagado de remarcaciones border, contienen multitudes de basura visual como si de personajes secundarios se tratara. Como lo hicieron también Jorge Polaco en Argentina o, desde otro rincón y con un pie en la academia, Pier Paolo Pasolini.
Un objeto kitsch siempre decepciona en relación a su presunto propósito inicial: el elemento en cuestión, siempre, sustituye algo puro en algo manchado, aceitoso.
El principio de acumulación es fundamental también en el entramado conceptual de Moles. Pink Flamingos, por tomar el ícono más fuerte dentro de la filmografía de JW, representa como ningún otro film los 60s y70s esa idea. Además del incidente en torno al excremento canino, el largometraje cuenta con mujeres esclavizadas para tener hijos de forma forzosa y una señora obesa con problemas mentales que juega en un corralito de bebé, solo como para empezar el conteo.
Desde una incorrección política que no se jugaba como estandarte o eslogan pero sí como trinchera de vida y obra, el guion presenta a un grupo de inadaptados que participan de un torneo que busca descubrir a “la persona más sucia del mundo”. En ese desajuste es que Waters siempre navegó con destreza y, sobre todo, placer.
Pink Flamingos
El marco perfecto al agujero negro que creó el autor se lo otorga, por su parte, el diseñador de vestuario Van Smith, colaborador histórico del director, que apeló a una estética de la saturación para que cada fotograma se viera tan explosivo como se ve.
Los flamencos rosados del título, en ese marco, son el epítome perfecto para un film que engloba la galaxia kitsch mejor que ningún otro.
La lógica kitsch (o trash, según la palabra que eligió Waters en aquellos años cuando definió a su obra) busca llenar cada espacio existente con redundancia visual y sensorial, un surround de elementos que evitan cualquier tipo de vacío, cualquier posibilidad de reflexión en paralelo a la acción. En el mismo orden opera el principio de sinestesia que cita Moles, el cual apela a la saturación en todos los canales sensoriales posibles. Abrumar es la tarea.
La tragedia del kitsch
Según Moles, hay un aspecto trágico en el marco de esta cosmogonía y es el presunto abandono de la búsqueda de lo absoluto que en muchas ocasiones caracteriza al proceso artístico. “El kitsch asume una posición media y autosatisfecha”, dispara Moles, quien entiende que de esa manera se le ofrece a las masas algo fácil de masticar.
Por su parte Waters, desde otro plano, asumió siempre al kitsch como parte fundante de su obra y sin el aspecto camp del asunto. Waters, uno de los tipos que mejor ha manejado la ironía en sus apariciones públicas, desde lo textual y desde lo gestual, se opuso a que su cine fuera considerado camp.
"Una persona kitsch nunca podrá ser camp, ya que se necesita intención en las formas de actuar, saber dónde están los límites del buen y mal gusto para transgredirlas", disparó alguna vez Waters sobre la diferencia entre la brutalidad estética del kitsch y la vuelta de tuerca irónico-intelectual que establece el camp.
Mondo Trasho
Es (o ha sido) casi un tema prohibido el camp. Al menos en público. Se trata de una estrategia discursiva, casi secreta, críptica, lo que en Argentina, en los pasillos del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) transita las zonas que la feligresía snob sublima en espacios comunes con los mismos bigotes, los mismos accesorios, los mismos guiños y chistes internos.
Desde la Intelligentsia, por otro lado, la (in)definición es clara y la disparó mejor que nadie Susan Sontag: “hablar del camp es traicionarlo”. En simultáneo, la filósofa estadounidense también apuntaba que “el camp y la ironía son lujos” que solo una parte de la sociedad puede darse. Casi un speakeasy de la discusión intelectual.
Con permiso de Mr. John, desde estas líneas nos permitimos dudar de que su cine no forme parte del camp. El mero paso del tiempo hizo que Pink Flamingos, Polyester (1981, con el sistema Odorama a cuestas) o la más hardcore Mondo Trasho (1969) —y en un contexto mundial donde la política, las artes de consumo masivo, los medios y el sentido común se encuentran en sus mínimos históricos de IQ— sean, hoy, escudos de ironía ante una indigencia intelectual promedio que causa pavor.
Para Waters el cine debe funcionar como “celebración de lo que es rechazado socialmente”. Él celebró y transformó en fetiche a Divine para años después, luego del anunciado fin de la historia tras la caída del Muro de Berlín, celebrar de la misma manera la existencia de Isabel Sarli, máximo ícono kitsch del cine argentino. De forma (nada) paradójica, hoy Sarli en Argentina es rescatada desde el camp, así como de la misma manera se lo hace con el cantante Sandro.
[Image description] De la miseria de la filosofía a la mugre del cine: John Waters hoy
"Prefiero usar el término filth (suciedad) ahora”, dice en este tiempo un John Waters más sereno, que habita este siglo XXI tan reventado como sus personajes más trash.
“Para mí, la palabra camp está completamente gastada. En Estados Unidos significa dos señores gays viejos que tienen una tienda de antigüedades. Y kitsch tiene el mismo problema. Me gustó usar la palabra trash durante mucho tiempo pero incluso esa palabra está agotada ahora. Hay demasiadas personas intentando ser trashy. Así que estoy usando 'filth'”, declaró recientemente el cineasta.
¿Qué hacemos con los flamencos rosados, entonces?
Waters distingue entre buen y mal gusto pero también entre kitsch y camp a partir de si lo que media es una posición política o una apreciación estética. Él se queda con lo segundo para llegar a lo primero. Y viceversa.
El director ha citado más de una vez como ejemplo negativo del kitsch a quienes definió como “yuppies hipster que colocan flamencos rosados de plástico en sus jardines” de forma irónica, burlándose, según JW, de la clase trabajadora. En tanto, él prefiere a quien coloca esos flamencos porque entiende que eso es bello y queda bien.
A Dirty Shame (2004)
Female Trouble: feminismo y todo lo demás también
En 1974 parir una película feminista, trans, queer y punk era demasiado. Waters lo hizo. El film que también tuvo protagónico de Divine es una evolución del director desde su filmografía previa, más anárquica en los bordes estéticos y estructurales. ¿El quid? El derrotero de su actriz fetiche desde sus primeros pasos como adolescente rebelde hasta su carrera como celebrity del delito. Todo ficción, claro. O no.
Waters toma prestado el formato del subgénero film de mujeres luchadoras de los años 50s y 60s, para de(s)generarlo y provocar una ruptura con la estética y las buenas costumbres de la película con “mensaje”.
“Los mensajes que los lleve el cartero”
Alfred Hitchcock
Antes de los 80s y de que Waters intentara sus pasos dentro de la industria masiva —con Polyester y, sobre todo, con Hairspray (1988)— Desperate Living (1977) representó el cierre de lo que JW denominó su “trash trilogy”, punto final a la alegóría política de trinchera.
Female Trouble
La película es la única de la trilogía que no cuenta con Divine en su cast. En su lugar aparece Liz Renay, quien cumplió con su lugar de reemplazante incómoda. ¿Cómo tomar el lugar de una artista que juega en los bordes? Pues con una que se le anime al reto. Y cumplíó: la mano firme del auteur de los estadounidenses rotos en los márgenes la llevó a un protagónico audaz.
El kitsch, en Waters, ha estado en buenas manos pero desde hace unos años que la continuidad de su trabajo es difusa, no solo por sus opus de las últimas décadas, con guiños al mainstream (Cry Baby, 1990; Serial Mom, 1994) y aventuras filo-anarko (A Dirty Shame, 2004). Pero se siente el vacío que dejó Waters con su obra discontinuada, en un universo cine que parece entregado al stream maquetizado y los videos breves para vender productos en redes sociales. No hay continuación, solo queda el kitsch que nos provee la realidad política internacional, tan rota como los freaks que poblaban las calles de Baltimore en las fábulas del hombre del bigote irónico-trash-camp-kitsch.