De niños, todos lloramos. Nacemos llorando. Nadie se acuerda, pero qué emoción, qué gran emoción debe ser nacer, venir al mundo. Lo que puedo recordar es que, de niño, lloré mucho. Lloraba por un quítame de allí esas pajas. Mi hermana mayor se ponía delante, me miraba fijo y me decia: "iLlora!". Y yo lloraba. Lloré de pena, lloré de tristeza, lloré de amor, lloré de furia (fue mi madre la que me lo hizo comprender, y ese día fue importante para mí, comprender que se podíá llorar de furia, como un primer paso para decidirme a actuar, a no dejar que me avasallen, a rebelarme). Tal vez había también un placer secreto en llorar. Un día que estaba llorando me crucé por azar con mi imagen en el espepejo: vi mi propia cara toda crispada, mis rictus, mis lágrimas. Entonces, ese día, dejé de llorar. Pero todavía hoy me ocurre, e incluso a menudo: puedo tener ganas de llorar cuando cierta emoción me estremece, me sumerge. Por ejemplo, al escuchar ciertas músicas.
De todos modos, me gustaría tratar de explicar mi título, ese título repetitivo, en dos lineas, en dos fragmentos de frases. En mi idea, se trata de sugerir algo tipicamente filosófico. En la primera línea, ¡qué emoción!, exclamo porque, por hipótesis, me pongo en una situación de sorpresa: una emoción se me viene encima sin decir agua va, o bien me enfrento a una emoción de otro, como aquí en esta imagen de un niño que llora.