Publicado en 2013 por la editorial Bayard, un breve texto que surgió de una conferencia dictada por Jean-Luc Nancy para un público de niños y adolescentes –en el marco de Les Petites Conférences organizadas por la directora de teatro Gilberte Tsaï en 2001 en distintos espacios–, en el cual no se trata (ya lo sugiere la pregunta del título original en francés, Vous désirez?) solo del deseo, ni tampoco del desear. Más bien se aborda, de un modo engañosamente accesible, cierto ejercicio del pensamiento (la tradición filosófica lo llamó “meditación”) centrado en distinguir el estado de necesidad, el de tener ganas, el de querer y el de desear algo. Lo cual supone, a distancia prudente de toda psicología, que no está del todo claro –o podría no estarlo– qué es el deseo, la necesidad, las ganas y el querer. O dicho con más exactitud, que acaso confundimos estos estados entre sí, según todas las combinaciones posibles, o –aún más– no sabemos si deseamos, necesitamos, queremos o tenemos ganas. Y no es una mera cuestión de palabras (o “semántica”) sino de determinar, al fin, cómo vivimos.
La necesidad, para Nancy, es aquello que nos hace falta, de lo que no podemos escapar, si bien puede suceder –en una mezcla con el tener ganas– que se tenga ganas de aquello que tenemos ganas de que sea (cuando no lo es) algo necesario, imprescindible. Son estas falsas necesidades, ganas de tener algo ajeno (deseable, apetecible) que no responden a una genuina necesidad. De esto se seguiría –dejando de lado que cualquier cosa puede convertirse en “necesaria”– que las ganas y la necesidad se parecen, en la medida que aspiran a tener o poseer algo para consumir. Ambas entonces, a juicio de Nancy, podrían resumirse en la palabra “apetito”, o las ganas muy fuertes en “codicia”. En contraste, el anhelo se da por objeto algo lejano y, a veces, indefinido. En cambio, el querer no solo quiere apoderarse de lo querido sino (va en la ejecución de ello por la voluntad) que “yo” soy el que quiere. Con el deseo –en su aprehensión– se complica un poco. En principio, porque todos los estados anteriores serían formas de desear.