La Marca Editora

Sin más armas que un aerosol

A partir de las varias apariciones públicas del legendario graffitero, un nuevo libro recorre tanto su trazo, sus cortocircuitos legales y la forma singular, acaso torpe, en que pone a circular sus obras: "Banksy. Esto no es un manual de recursos para las putas agencias publicitarias", compilado y editado por Guido Indij y Leila Gamba, recoge textos e imágenes de Banksy con una perspicaz introducción a su figura. --- por JUAN MANUEL MANNARINO


A mediados de junio de 2025, en el corazón de Inglaterra, una obra de Banksy conocida como Yellow Line Flower Painter se convirtió en el epicentro de un nuevo escándalo. Una vez más, en los medios se disparó una vieja pregunta, la que desde que irrumpió en los noventa en el Reino Unido se esparce en el aire sin solución de continuidad: ¿A quién pertenecen las obras del grafitero anónimo, pintadas en el espacio público?
En este caso, los dueños de un club nocturno culparon en la Justicia a varios de sus empleados. Los acusan de haber retirado la obra sin autorización y luego venderla en Estados Unidos. Ante los laberintos legales que suelen rodear la propiedad y la comercialización del arte urbano, la oficina de Banksy prefirió el silencio. A principios de agosto de 2024, el artista había vuelto a aparecer en Londres con una serie de animales, como tres siluetas de monos balanceándose en un puente ferroviario en Brick Lane. Una última creación de la serie, la silueta de un lobo pintada sobre una antena parabólica, que daba la sensación de un aullido a la luna, fue robada en cuestión de minutos. El fenómeno, como suele ocurrir cada vez que aparece, se trasladó a la redes sociales –la única red activa de Banksy es Instagram, con su cuenta oficial @bansky–, donde sus fanáticos intentan adivinar el significado de sus enigmáticos mensajes. Su última irrupción pública, en rigor, fue el 29 de mayo de este año en Marsella, con la sombra de un poste transformada en la imagen de un faro y al lado de la frase “Quiero ser lo que viste en mí” (“I want to be what you saw in me”, en inglés).
¿Genio o farsante? ¿Individual o colectivo? ¿Anticapitalista o pro mercado? ¿Activista humanitario o esnobista de primer mundo? ¿Multimillonario que se esconde en el anonimato para burlarse del arte contemporáneo o lúcido insurgente de mensajes políticos y sociales?

Un nuevo libro sobre el artista inglés oriundo de Bristol llegó a Argentina, Banksy. Esto no es un manual de recursos para las putas agencias publicitarias, compilado y editado por Guido Indij y Leila Gamba y que recoge textos e imágenes de Banksy con una perspicaz introducción a su figura. Sin escapar de la polémica aunque rescatando, en primer plano, la dimensión vanguardista de uno de los artistas más influyentes del siglo XXI, el libro traza, para propios y extraños, para novatos y expertos, “un testimonio de la obra y el ideario estético de quien mejor ha sabido mirar e interpretar nuestra época”.
El modus operandi del grafitero, en los últimos tiempos, suele diseñar una secuencia: sube una imagen a Instagram –su canal de comunicación preferido luego de pasar por YouTube y Twitter– para confirmar que es el autor de una obra, y el resto lo deja a la imaginación de sus más de trece millones de seguidores, que especulan sobre su nuevo aparición a la vez que no saben de su próximo accionar. Banksy, cuya identidad se desconoce, pasea su arte callejero en varias partes del mundo y, al mismo tiempo, sus obras son altamente cotizadas. El valor de Banksy en el mercado del arte creció exponencialmente: su récord se sitúa en los 25 millones y medio de Love is in the Bin –originalmente titulada Girl with Balloon–, que se autodestruyó parcialmente en una subasta de Sotheby’s en 2018 bajo un fenómeno mediático internacional. Allí, nunca ajeno a sus efectos, tuvo admiradores y detractores por igual y fue considerado como el “happening” artístico más espectacular del siglo XXI.
Sin embargo, contra los que lo acusan de mercenario, Banksy no suele emitir certificados de autenticidad para sus piezas, lo que complica su compra y venta. “¿Cómo puede Banksy demostrar que es autor de una obra si no se conoce quién es?”, se pregunta la abogada Agustina Laboureau en torno a los debates sobre el derecho de autor en el mundo digital, y sin desconocer la queja del grafitero en 2022 porque la casa de ropa Guess lanzó una campaña de moda utilizando las obras callejeras sin su permiso. El tema de la procedencia sigue siendo otra controversia. Hace poco, la obra Happy Choppers, que representa una flota de helicópteros adornados con lazos rosas, no logró encontrar eco en una subasta en Newcastle: los compradores se retiraron ante la ausencia de un certificado de autenticidad, y por el hecho de haber sido retirada de la pared de un edificio de oficinas más allá de su posterior restauración.
¿Qué de todo ese embrollo interesa realmente al artista inglés? “Para Banksy el arte es intervención; el ejercicio artístico, un acto disruptivo. Su propuesta se construye en contraposición al mundo, como resistencia, en la puja de fuerzas, en la lucha por el espacio. Y también en el gesto transformador: una pincelada o un poco de spray hacen de esa pared otra pared, de ese barrio otro barrio, de esa ciudad una nueva ciudad”, se lee en el libro, donde se evoca el grado cero de su invención: despertar los sentidos dormidos del ocasional peatón para romper las jerarquías ideológicas –los mensajes publicitarios, los del Estado– de los muros de calles y edificios. En permanente tensión consigo mismo y con la industria cultural de la que forma parte, el situacionismo de Banksy, según Guido Indij y Leila Gamba, “deshilvana las redes del poder para traernos de vuelta en cada obra una lectura tan precisa como desoladora. El arte evidencia el silencio de los muros y nos escupe la verdad en la cara: ‘Usted puede ganar la maratón de las ratas, pero seguirá siendo una de ellas’”.

El libro de tapa dura y con bellas fotografías se divide en tres partes: “Mundo exterior”, donde se agrupan todas las obras hechas en los espacios públicos de distintas ciudades del mundo; “Mundo interior”, que reflejan las piezas realizadas en museos y otros espacios cerrados; y una última, “Querido Banksy”, que compiló una selección de cartas de algunos de sus seguidores y detractores junto con algunas respuestas del artista. Otro hallazgo del libro es que reunió, por primera vez en español, sus textos dispersos, escritos, como toda su producción, de manera desordenada y muchas veces anónima, al tiempo que descubre algunos aspectos menos frecuentes y reconocidos de su universo creativo.
Allí desfilan aforismos como “Dedicado a todos los que sienten un despiadado desprecio por el sentido común”, “Hable bajo, pero lleve una gran lata de aerosol”, “Solo lo ridículo sobrevive”, “Sea bueno haciendo trampa y no tendrá que ser bueno en nada más”, “Pintar algo que desafié a las leyes de un país y a la ley de Gravedad al mismo tiempo es muy bueno”, “Todos los artistas están dispuestos a sufrir por su obra. Pero ¿por qué hay tan pocos dispuestos a aprender a dibujar?”. Aparece su guía sobre pintura con stencil para principiantes, su idea del graffiti como una de las formas más honesta del arte en tanto no hay elitismo ni exageración, “algunos se hacen policías porque quieren hacer del mundo un mejor lugar. Otros se hacen vándalos porque quieren hacer del mundo un lugar más lindo” o “la televisión hizo que ir al teatro pareciera no tener sentido, la fotografía prácticamente mató a la pintura, pero el grafiti se mantiene gloriosamente inmaculado frente al progreso”.
Se recrean los momentos en los que Banksy intentó grafitear al Che Guevara y la adrenalina que pasó con decenas de murales, como cuando pintó en el puente frente a la comisaría de Shoreditch un mural gigante de un grupo de policías antidisturbios armados y sonrientes. O, entre sus aventuras y provocaciones, la vez que fue a Nueva Orleans para darle batalla a “El Fantasma Gris”, un notorio vigilante que se ha dedicado sistemáticamente a pintar sobre cualquier grafiti que encuentra con la misma capa de pintura gris desde 1997. “En consecuencia, ha hecho más daño a la cultura de la ciudad que lo que harían cinco huracanes juntos”, dijo el artista en aquella oportunidad.
También se copian algunos intercambios por mail que sostuvo con gente anónima, ciertamente desopilantes y plagados de ironías. “Querido Banksy. Estoy muy enojado porque hiciste los afiches para la campaña electoral. Sobre todo después de que escribiste eso de que el capitalismo se estaba desmoronado. Decepcionado”, le escribió un tal Pierce 116. A lo que Banksy respondió: “No hice los afiches para la campaña electoral. No hice los afiches para Nike. No hice los afiches para Lucozade. No hice los posters para Lupo. Los stencils son bastante fáciles de hacer”.

Inspirado por el artista parisino Blek le Rat –se ha citado a Banksy diciendo: “Cada vez que creo haber pintado algo ligeramente original, descubro que Blek le Rat también lo hizo. Solo que veinte años antes” –, y faro de referencia para artistas callejeros como Thierry Guetta, eslabón clave del documental Exit through the gift shop, el autor que fue capaz de pintar El lanzador de flores en una pared de Jerusalén; el que durante una campaña electoral publicó en su red social otra de sus obras icónicas, el Parlamento inglés poblado de monos, para comentar: “Ríete ahora, pero un día nadie estará al mando”; el que despotrica contra la Bienal de Venecia con una intervención artística urbana que critica el turismo masivo y los cruceros –tema de notable actualidad en las últimas semanas– o se cruza con el gobierno británico por su injerencia en el festival de Glastonbury con un inflable donde iban muñecos con chalecos salvavidas simbolizando inmigrantes, Banksy vuelve a escena en el momento menos pensado, con sus pinceladas, performances, polémicas y aerosoles a cuestas, temido, amado y odiado, listo para una nueva batalla con sus armas y su frase favorita: “La gente que disfruta de agitar banderas no debería tener ninguna”.