Delphine Horvilleur, tercera mujer en la historia de Francia en ser designada rabina y portavoz del judaísmo liberal de su país, nos habla en este texto breve y profundo sobre las dificultades de ser una mujer entre patriarcas y de los obstáculos para quienes entienden a la religión como una institución que debe dar respuesta a las problemáticas particulares de su tiempo. Pero, ante todo, nos habla del impulso primordial de mirar arriba y abajo, a lo vivo y a lo muerto, en los libros seculares y sagrados, y preguntarnos por el propósito de nuestros días.
A continuación, un fragmento a modo de adelanto:
“Había una vez”: habrán notado que casi todas las historias, todos los cuentos y todas las leyendas de nuestra infancia comienzan por estas palabras. Esa fórmula es tan célebre que ya nadie la interroga ni intenta comprender qué quiere decir exactamente. Se ha vuelto una convención, como los tres golpes en el teatro o el hecho de decir “¡Hola!” cuando respondemos a una llamada o la iniciamos. Hoy decidí comenzar por “había una vez” porque estamos reunidos para intentar comprender el mundo y quisiera interrogar el modo en que nos contamos el mundo. Para eso sirven justamente las historias, los relatos que les contamos a los niños para que ellos se los cuenten a sus propios niños. Tratamos de decirles algo que les ofrezca claves para comprender el mundo, para transmitir historias, un universo y una cultura a quienes vendrán después.
¿Pero por qué decir “había una vez”? Deberíamos decir “hubo una vez” o “sucedió una vez”. Los relatos, los cuentos y las leyendas emplean en general el pretérito, un tiempo poco utilizado en la vida de todos los días. Pero en esas historias leemos, por ejemplo: “Ocurrió un día que Ricitos de Oro se perdió en el bosque”. Ese es el tiempo perfecto para contar un acontecimiento que ocurre de repente. “Había una vez” no es pretérito sino copretérito, un tiempo que utilizamos, por lo general, para contar algo que sucede con cierta regularidad, que se produce o que se produjo muy a menudo. Si les digo que, cuando era pequeña, jugaba con la muñeca, comía sopa y obedecía siempre a mis padres, les sugiero que eso se producía con frecuencia, que no era excepcional. ¿Por qué contar una historia inédita, una leyenda particular, algo que se produjo una sola vez, como el lobo que se come a Caperucita Roja, por ejemplo, o el príncipe que mata al dragón, con un tiempo que sugiere que eso no tuvo lugar una sola vez? De manera voluntaria, no respondo a esta pregunta. No solo porque soy rabina y los rabinos –como es bien sabido– no responden nunca verdaderamente una pregunta o la responden con otra pregunta. ¿Por qué? Por qué no. Pero no respondo a esta pregunta del “había una vez” dado que, sobre todo, para responderla me es preciso hacer un pequeño desvío por un texto sagrado. No voy a hacer un desvío por la Biblia, los Evangelios o el Corán: sería demasiado simple. Más bien voy a hacer un desvío por otro texto que todos ustedes, o casi todos, conocen, y que
algunos consideran como el texto más sagrado de su vida: el prólogo de Star Wars. Ese “había una vez” es uno de los más célebres de la historia del cine. Cada episodio de Star Wars comienza por un largo texto que desfila y nos hipnotiza, al menos a mí que, para ser honesta, nunca comprendí en verdad lo que estaba escrito. Pero la descripción le habla siempre al espectador como si él supiera con precisión de qué se trata, como si conociera ese universo de ciencia-ficción. “Perseguida por los siniestros agentes del Imperio, la princesa Leia vuela hacia su patria a bordo de su nave espacial”. Nadie comprende nada al respecto. ¿Quiénes son los siniestros agentes del Imperio y qué sería, en la guerra intergaláctica anunciada, una nave que no fuera espacial? Pero se nos trata de inmediato como iniciados, familiares, especialistas de un universo totalmente desconocido. Y todos hacemos como si supiéramos exactamente dónde tiene lugar la historia, cuándo se desarrolla, en qué galaxia. Mientras que la verdadera familiaridad, la única, la que construye la emoción y la lleva al colmo desde el inicio de la película, es la música un poco guerrera y heroica que nos propulsa en el mundo de la fuerza combatiente contra el Imperio del mal.
Todo está dicho allí. Una frase muy célebre abre entonces todos los episodios de Star Wars: “Hace mucho mucho tiempo, en una galaxia lejana, muy lejana…”. Esta frase es el verdadero “había una vez” de Star Wars, el momento en que enuncia de modo muy sutil que esta historia tuvo lugar hace mucho tiempo. Es un relato del pasado pero que nos cuenta una historia de naves espaciales, de armas de destrucción masiva, de tecnología hipermoderna. Reposa en una paradoja. La historia nos habla del futuro haciéndonos creer que nos habla del pasado. Pretende hablarnos de algo que es cosa pasada pero nadie se engaña: de lo que se trata es de mañana, no de ayer. Sucede con Star Wars lo mismo que sucede con todos los relatos y todas las leyendas de nuestra infancia. A menudo hacen como si hablaran en simple pretérito de un pasado que no es tan simple, que es incluso muy complicado. Dicen en pasado lo que no es pasado, lo que resuena en el presente, y tal vez digan algo del porvenir a la nueva generación que podrá apropiarse de él. He aquí por qué “había una vez” es siempre un verbo en copretérito. La expresión no habla en modo alguno de un acontecimiento que tuvo lugar una vez por todas. Se trata siempre de una historia que se repitió lo suficiente como para parecer aún hoy en día pertinente. Ese pasado no es cosa pasada. “Había una vez” quiere decir, de hecho: es y será aún muchas veces.
Esos relatos sirven, en principio, para comprender el mundo. Le dicen a la nueva generación que lo que tuvo lugar no pertenece al pasado sino que debe encontrar el modo de enlazarse con nuestra experiencia actual e incluso, tal vez, con el mañana. Esta conciencia de la ambigüedad temporal del relato, de su capacidad para establecer un diálogo entre distintos tiempos, le habla a todos aquellos que escriben historias, a los cuentistas, a los cineastas, a los escritores. Es muy apreciada también por la gente que ejerce la misma profesión que yo, por los rabinos, y sin duda también por los sacerdotes y los imanes, por todos aquellos que aman los relatos y las historias.
Me gustaría decirles algo de lo que hacen los rabinos, los sacerdotes y los imanes. Mucha gente ignora lo que hacen los rabinos, los sacerdotes y los imanes cuando… cuando no miran Star Wars. Se plantean preguntas como lo hacen los cuentistas, los cineastas, los autores. Preguntas del tipo: ¿para qué sirven las historias? ¿Cómo se transmiten? ¿Por qué se transmiten y cómo pueden ayudarnos, quizás, a comprender el mundo? Esta capacidad del “había una vez” para contar en pasado algo del presente está en el corazón de numerosísimos relatos religiosos. En lo que concierne a la tradición judía –pero esta constatación podría extrapolarse a otras tradiciones religiosas monoteístas–, este juego de navegación entre los tiempos es casi del orden de una obsesión. Les doy un ejemplo muy concreto. La Biblia cuenta que hace mucho tiempo los hebreos eran esclavos en Egipto. Habla de un acontecimiento del pasado que constituye un recuerdo colectivo para todo el grupo. Esta historia fue contada en decenas de libros, en películas hollywoodenses y en dibujos animados como, por ejemplo, El príncipe de Egipto. Estas películas y estos dibujos animados nos permiten actualizar y reinterpretar un relato célebre de la Biblia donde se dice en muchas ocasiones: “Recuerda que fuiste esclavo en Egipto”. Esta frase de la Biblia es una transposición, en cierto modo, del “Hace mucho tiempo, en una galaxia lejana” de Star Wars, salvo que en la Biblia está escrito: “Hace mucho tiempo, en el Egipto faraónico, el pueblo hebreo estaba sojuzgado”. El texto cuenta luego cómo el pueblo fue liberado un día, y lo cuenta en una temporalidad muy construida, dando mil detalles que jalonan la descripción del acontecimiento: he aquí lo que sucedió el primer día, el primer mes, el primer año, al día siguiente, la víspera de la partida; he aquí cómo las plagas se abatieron sobre Egipto. Finalmente, el Mar Rojo se abre y los hebreos pueden ponerse en ruta hacia la libertad.
Se trata de un lejano pasado colectivo, un poco como una mitología que nos transmitimos; sin embargo, nos contamos esta leyenda como un acontecimiento casi presente, un acontecimiento personal que nos hubiera ocurrido. Imagínense que cada año, la noche de la Fiesta de Pascua, los judíos tienen la costumbre de reunirse en familia, sentarse alrededor de la mesa y contarse de nuevo el episodio de la salida de Egipto. Podrían mirar la película de Walt Disney, pero se cuentan esta historia del lejano pasado, la de sus ancestros y, en el momento preciso en que se disponen a contar esta historia, dicen lo siguiente: “En cada generación, cada uno debe percibirse como si él mismo hubiera salido de Egipto”. La particularidad de esa historia del pasado es que no es del pasado. Ese pasado no pasa y esa historia no es lineal. No es una historia colectiva y lejana, sino personal. Debo acordarme, ese día, de cómo salí de Egipto. Por lo tanto, debo interrogarme muy concretamente. ¿Qué es lo que a veces, en mi vida, hace de mí una esclava, y quién es mi faraón? ¿Es mi profesor principal, mi madre, mi abuela, mi consola de juegos? ¿Cuáles son las plagas que van a abatirse sobre mi mundo y permitirme salir de esta esclavitud personal? ¿Cuál es mi tierra prometida? ¿Está lejos de la casa de mis padres, está escondida en un universo al modo de Minecraft, en Fortnite o en otra parte?
Este relato religioso cumple una función narrativa cuyo rol le hace eco al de los cuentos. Se trata allí de jugar entre tiempos y desmentir un tiempo lineal. Te digo lo que pasó para decirte mejor lo que pasa. Había una vez algo que será todavía muchísimas veces. Entonces surge la cuestión que preocupa a muchos religiosos cuando leen estos textos. Algunos dicen que el cuento no cuenta la verdad, al contrario de la historia religiosa que no puede ser una ficción, ya que nuestros ancestros salieron de Egipto de verdad, incluso si la ciencia no permite necesariamente probarlo. Lo cierto es que no sabemos ni cuándo ni cómo salieron los hebreos de Egipto. Pero uno no necesita tener una demostración científica o una prueba histórica para estar convencido de algo. No es necesario que esos relatos digan la realidad para que digan, tal vez, la verdad. Algo de la salida de Egipto dice la verdad de nuestras esclavitudes, sean cuales fueren, y sobre todo de la forma en que cada generación puede traducir esa historia y su puesta en marcha hacia la libertad. Es allí donde la palabra “generación” deviene crítica. ¿Cómo hacer para que un texto transmitido, heredado, el de la Biblia o el de Star Wars, sea pertinente para los oídos y los espí
ritus que se apropian de él? ¿Cómo asegurarse de que estos textos nos hablan todavía en un contexto totalmente inédito? ¿Cómo hacer para que estos textos permanezcan inauditos, es decir, nunca escuchados de esa manera? Es así como se define un texto sagrado. No todos los textos no son sagrados, pero un texto lo es si no terminó de hablar para un grupo que continúa leyéndolo. Si un texto ya ha dicho todo, si le hemos hecho decir todo o si alguien le dice a uno cómo leerlo, comprenderlo, interpretarlo, ¿estamos seguros de que ese texto es aún sagrado? Quizás un texto pueda ser sagrado solo con la condición de que no hayamos terminado de comprenderlo. Esa es la relación que los judíos mantenemos con la Torá, o que muchas otras tradiciones religiosas mantienen con sus escritos, sus textos fundadores. Esos textos pueden todavía hablarles a aquellos que creen que todo no ha sido dicho y que las nuevas generaciones tienen allí un tesoro por buscar que ellas solas pueden encontrar.
Comprender el mundo
¿Cuál es el lugar de la tradición en la conformación de nuestra identidad y manera de comprender lo que sentimos y lo que nos rodea? ¿Qué es la religión y de qué manera da respuesta a las incógnitas que se abren en la vida de cada persona, desde que nace hasta que muere? ¿Las respuestas y estructuras de la religión deben ser inmutables y rígidas, aunque el mundo a su alrededor se altere radicalmente?
Escrita por: Délphine Horvilleur
Publicada por: la marca editora
Fecha de publicación: 08/01/2025
Edición: primera edicion
ISBN: 978-950-889-478-6
Disponible en: Libro de bolsillo